Familia
Niños y adultos mayores
Los dos extremos de edad reaccionan distinto y se los suele atender último.
Con los niños
- Puede haber retrocesos: volver a mojar la cama, hablar como más pequeños, no querer separarse. No es malcriadez ni un retroceso permanente: es cómo pide seguridad un niño asustado.
- Dígales la verdad, en palabras simples, y sin detalles crudos. «Hubo un temblor fuerte, la casa se dañó, vamos a dormir en otro lado unos días. Estamos juntos.»
- No los deje solos frente al televisor. Un niño que ve el derrumbe repetido puede creer que está pasando otra vez cada vez.
- Deje que jueguen y dibujen lo que pasó. Así es como procesan: no hay que interrumpirlo ni corregirlo.
- Rutinas y presencia. Comer y dormir a la misma hora, y un adulto de referencia cerca, valen más que cualquier explicación.
- Los niños leen a los adultos. Si usted está desbordado, ellos lo notan. Cuidarse a usted también los cuida a ellos.
Con los adultos mayores
- Perder la casa a los 80 años no es lo mismo que perderla a los 30: puede sentirse como perder la vida entera de golpe, y con menos tiempo por delante para rehacerla.
- La confusión puede aumentar con el cambio de entorno, sobre todo si hay demencia. Repetir con calma dónde están y por qué, cuantas veces haga falta, ayuda más que corregirlos.
- Revise los medicamentos. En una evacuación se quedan atrás, y suspender de golpe un tratamiento para la presión, el corazón o la diabetes es un riesgo mayor que el susto.
- Déles tareas. Sentirse inútil acelera el decaimiento; cuidar niños, organizar algo o acompañar a otro los sostiene.
- Que se muevan. Días enteros sentados en un albergue traen dolores, caídas y confusión.
Estas recomendaciones siguen los principios de primeros auxilios psicológicos usados por organismos de emergencia, adaptados a lo que se está viviendo en Pereira. No reemplazan la valoración de un profesional: si algo de lo que lee acá se le queda corto, escriba a alguien de la sección de Apoyo psicológico.
